Víctima de robos o atracos y el reciente reporte de Latinobarómetro chocan de frente con el optimismo de las pizarras institucionales: casi un tercio de la población dominicana (el 32 %) asegura haber sufrido un despojo en carne propia durante los últimos doce meses. La cifra destapa un abismo entre lo que siente la gente al pisar la acera y las gráficas del Palacio de la Policía.
El miedo no da tregua.
El 57 % de los consultados confesó que vive angustiado, todo el tiempo o en ocasiones frecuentes, ante la posibilidad de ser blanco de delincuentes armados mientras espera un carro público o camina hacia su trabajo.
Los datos de la corporación regional de opinión pública, divulgados por la plataforma regional Latinobarómetro, retratan una zozobra generalizada que no encaja con la narrativa de los cuarteles.
La institución del orden reporta una reducción del 29,9 % en las denuncias formales de asaltos entre enero y septiembre de este año.
Ese cruce de realidades refleja la distancia entre el mostrador de un destacamento y la esquina del barrio. Una gran cantidad de personas decide no reportar un celular despojado por desconfianza en el trámite burocrático, dejando fuera de los mapas de calor oficiales los delitos cotidianos.
La brecha entre la estadística y el bolsillo
Caminar por Villa Consuelo, Herrera o Los Mina con el teléfono en la mano sigue siendo un deporte de alto riesgo.
Quien sale a la calle a las seis de la mañana a ganarse el sustento mira para todos lados antes de cruzar la bocacalle. Para ese 32 % de la población golpeada por el delito callejero, la disminución porcentual anunciada en las ruedas de prensa policiales resulta una cifra lejana que no se siente en el trayecto diario.
El estudio regional sitúa a la sociedad dominicana entre las poblaciones con mayor percepción de vulnerabilidad en el Caribe.
Un golpe seco a la tranquilidad.
El problema radica en la cifra negra: miles de ciudadanos despojados de sus billeteras o motores prefieren resignarse antes que perder cuatro horas en una fiscalía para recibir un papel que pocas veces recupera lo perdido. Cuando la gente deja de quejarse, los boletines oficiales se desploman aunque la calle siga ardiendo.
El impacto diario en las familias trabajadoras
El despojo de un salario quincenal en una parada de guaguas descalabra el presupuesto doméstico de cualquier hogar humilde.
Comerciantes de colmados y dueños de pequeños salones de belleza gastan miles de pesos mensuales levantando verjas de hierro, instalando cámaras privadas y pagando vigilantes nocturnos informales para no quebrar. La inseguridad se convirtió en un impuesto silencioso que pagan los sectores más vulnerables de la economía nacional.
Fuente: infoenn.com
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