Por Fernando A. De León
Para este año 2024, he resuelto continuar siendo un “frustrado y resentido”. Estoy convencido de que creer en el sistema y el orden de cosas de República Dominicana; ser demasiado confiado, y, hasta cierto punto ingenuo; decepciona, confunde y trastorna.
Quizás ya es tarde para filosofar o discernir sobre quiénes somos. Por ello he resuelto que mientras no haya un auténtico cambio (es posible que ni mis tataranietos lo vean), estaré siempre en contra del que esté arriba. Parecería una torpeza, pero no lo es. Es la reacción ante una realidad que nos sigue golpeando.
Sin embargo, no me propongo ser un Lutero beligerante, centrado en lo que otros consideran conducta obsesa y enfermiza; pero tampoco seré un erasmista ecléctico, e indefinido. Como no soy un agnóstico, no creo en medias tintas. ¿Soy irreverente y pesimista? Si. No tengo motivos para ser diferente.
No le agradezco nada a las autoridades de mi país que, con irrespeto y desconsideración, ahora me considera diáspora. Con esto, para los que me entiendan, no abjuro de mis orígenes ni de las gentes que me aprecia. Sin embargo, confieso que no estoy tan orondo de haber nacido en ese tres cuarto de isla del Caribe.
No pretendo lacerar el amor y el desvelo por los míos, ni desdeñar el patriotismo (no patrioterismo); pero no apelo al nacionalismo dañino que divide, y asume poses neofascistas. Como siempre, seguiré escribiendo sobre cosas sencillas, pero significativas.
No creo en proclamas de honestidad y justicia sesgadas y convenencieras. Cuando no puedo devolver un favor, por lo menos se dar las gracias y reconocerlo públicamente. Siempre he creído que agradecer honra, y obra como si saldáramos alguna deuda.
En resumidas cuentas, no me desharé de mis convicciones. Subsecuentemente, oteando el horizonte político partidario de República Dominicana sigo convencido de que, todavía no tenemos una consolidada democracia, plétora de equidades.
El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.
