Trozos de felicidad

  Por Fernando A. De León

 A los desposeídos de República Dominicana y otros lares, la felicidad nos llega troceada, a cuentagotas y, en ocasiones muy especiales. Y, si acaso alguna vez fuimos felices-me incluyo-, ello ocurre en la inocentada de nuestra infancia y tierna adolescencia.

 Hace poco me reuní, por separado, con mi hermano de padre Roberto Pina (Pepín), y con mi hijo Lenin Arturo; con este último tuvimos un encuentro en el Alto Manhattan con amigos y antiguos vecinos de Villa Francisca. Esos son trozos de felicidad.

 Pero al margen de esos placenteros momentos tenemos que contradecir a los estoicos como el emperador romano Marco Aurelio y otros, que entendían no se debe vivir atado al pasado. El inteligente y complejo cerebro, para compensarnos, nos dice que con todo y una democracia deficiente, los tiempos pasados fueron mejores.

 En otras palabras, la inocencia nos rebosaba de placeres; pero cuando llegamos a la pubertad y adultez observamos una cruda realidad. Entonces nos damos cuenta que aun siendo gentes decentes, si no tenemos las herramientas del oportunismo y no coqueteamos con el sistema, este nos eclipsa el bienestar.

 Es por ello que muchos nos convertimos en fatalistas, pesimistas  y nihilistas. Y de ahí viene aquello de que somos lo que han hecho de nosotros. Aun prometiendo que todo cambiará, los que dominan la cosa pública hacen que abandonemos el país. Con todo y que se dice que el país crece económicamente, el progreso no es distribuido con equidad.

 Lo sintomático es que pareciera que el capitalismo de nuestro hemisferio ha orquestado un acuerdo con quienes nos gobiernan. Entidades internacionales hablan de nuestro progreso, pero, nunca dicen si el desarrollo económico toca a los de abajo.

 Como dijera alguna vez la periodista peruana Vicky Peláez; nuestros acreedores, por intereses, destacan el supuesto crecimiento económico de los Estados deudores. Sin embargo, paradójicamente, el número de migrantes también crece.

 En el exterior, seguimos padeciendo algunas penurias. Es decir, todavía no tenemos una cierta felicidad. Y ello, no sólo porque estamos lejos de nuestro terruño, sino porque por diversas circunstancias que nos hace ligera la carga; nos atomizamos. Cada quien está por su lado.

 El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside


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